En la sociedad actual se utiliza excesiva energía y además se desaprovecha la mayor parte de la que se toma de los suministros principales. Sin embargo, ahorrar energía con las medidas adecuadas solo representa una décima parte de lo que cuesta producirla.

Una casa de tamaño medio y de estilo antiguo usa de 20.000 a 30.000 kWh de energía al año. De la cantidad total gastada entre el 40 y el 60% se destina a calefacción, el 20% a agua caliente y del 15 al 30% a cocinas, iluminación y electrodomésticos. El resto va destinado a mantenimiento y otros gastos fijos. Al mejorar el aislamiento, evitar corrientes y usar mejores controles, es posible ahorrar al menos la mitad de lo que se gasta en calefacción y agua caliente.

Dos factores que a menudo se oponen al esfuerzo por ahorrar más energía son la situación y la orientación de las casas. En los climas fríos se pierden los beneficios del calor natural del Sol si no se abriga el edificio de los vientos dominantes; en los climas calurosos, si no se sombrea la casa del sol o no se emplean los efectos refrescantes de los vientos dominantes. Se deben añadir a estos problemas fundamentales el aislamiento escaso, puertas y ventanas que no ajustan, hogares abiertos y calentadores viejos o ineficaces. Todo lo anterior hace de la casa una devoradora de energía. La energía se escapa por todas partes en la casa. Un 20% se pierde a través de las ventanas y puertas. El 15 o 25% por las paredes. Un 12 por el tejado y el techo y un 10 a través de suelos colocados sobre tierra o los cimientos.

La vivienda moderna está siendo inundada con infinidad de aparatos eléctricos que consumen energía. No solo se debería procurar utilizarlos de la manera más económica posible, sino que también se habría de empezar a cuestionar la utilidad real de estos aparatos.