La gran preocupación de las autoridades y la industria del automóvil en los últimos años se centra en solucionar los graves problemas que crea la circulación.

Dos son los ejes que vertebran el problema: Movilidad vial y seguridad. Sin movilidad, el automóvil pierde su sentido y razón de ser. Y son muchos los detractores que abogan por su paulatina sustitución por el transporte público, por las ventajas teóricas que ello conllevaría desde múltiples puntos de vista: Aligeramiento de la circulación, menor contaminación urbana, descenso de los accidentes, etc.

Sin embargo, los problemas que ello crearía no serían menores. Hay que tener en cuenta los problemas económicos y sociales que crearía el cierre de buena parte de las fábricas de automóviles y de las industrias relacionadas con ellos, así como los menores ingresos que supondría para las haciendas públicas. En todos los países, el automóvil, sus accesorios y los combustibles son los bienes más sencillos, fáciles y rentables de gravar.

La última década ha sido la de la concienciación del tremendo coste social, económico y humano de los accidentes de tráfico. La proliferación de medidas de seguridad junto a la puesta en marcha de medidas más estrictas frente a la inexistencia de campañas de concienciación ciudadana han hecho disminuir el número de heridos causados por los accidentes de tráfico, aunque, paradójicamente, el número de accidentes aumenta.

Las estadísticas muestran fenómenos curiosos. Por ejemplo, los países de mayor densidad circulatoria no son los que tienen el mayor número de muertos por kilómetro recorrido. Ni siquiera la limitación de velocidad es un dato relevante. Entran en juego otros factores como la red circulatoria, la edad media del parque automovilístico y la densidad de circulación. Todo ello, junto a la educación y la cultura del país.

La velocidad sigue siendo, sin embargo, una de las causas más citadas en los accidentes. Sin embargo, los automóviles ganan en seguridad pues los avances son espectaculares. Así, algunas firmas están poniendo a punto diversos sistemas de ayuda a la conducción que tienden a corregir de forma automática los errores cometidos por el conductor. Estos sistemas, que combinan técnicas de radar, rayos infrarrojos, mediciones instantáneas de las velocidades y aceleraciones… avisan al conductor de una circunstancia anómala y son capaces de actuar a través de los frenos para evitar un choque o una pérdida de control por falta de adherencia.

Junto al problema del aumento del tráfico, surgen los problemas relacionados con el medio ambiente. En principal se deriva de la emisión de gases que lanzan los vehículos automóviles debido a la utilización de los motores de combustión. Un motor emite diversos gases, algunos de ellos nocivos para la salud humana y otros de los causantes del «efecto invernadero» y «lluvia ácida».

En algunas ciudades se ha tenido que recurrir a la limitación de la circulación de vehículos particulares en determinados días, cuando puntualmente los índices de contaminación atmosférica han alcanzado los niveles de alerta. Atenas, París o Madrid son ciudades que sufren de forma acuciante el problema, entre otras cosas por circunstancias meteorológicas como la ausencia de vientos que sustituyan al aire contaminado por aire más limpio. Aunque el automóvil no es el principal causante del mismo, la disminución de la circulación es la fórmula más sencilla para intentar mantener controlado el fenómeno.