Se admite que el desarrollo no puede resultar exclusivamente de una orientación económica: El mito de la prioridad de la industria pesada está condenado a toda costa. Al contrario, se defiende cada vez más seguir políticas de desarrollo diversificadas e integradas, consistentes en realizar, en proporciones variables según los medios de que se dispone, la modernización de la agricultura y el desarrollo de las industrias pesadas y ligeras.

Se parte de la idea de que el desarrollo debe resultar de un encadenamiento recíproco de las diferentes actividades de la zona. Es notable y evidente que la existencia de una infraestructura es una condición indispensable. Así pues, la construcción de carreteras, de vías férreas, de presas… no es suficiente para conllevar el desarrollo. Una verdadera transformación de la economía agrícola no es posible en absoluto en ausencia de una industrialización que facilitará el material, los abonos y los medios de producción.

De esta manera, parece que el desarrollo reclama una expansión simultánea de todos los factores de la actividad económica. Una expansión tal es, evidentemente, posible si, correlativamente, el mercado interior se amplía. El desarrollo exige una estrategia global, que ponga en cuestión tanto el desarrollo de las actividades productivas como la expansión de la demanda interior, así como el aumento de la capacidad de innovación.

Más que nunca parece tener razón el juicio del economista estadounidense experto en desarrollo local y económico, Ragnar Nurkse, según el cual «el capital se puede hacer en casa siempre que se cuente con los medios necesarios para ello».