El divulgador extremeño Ernesto López Montoya, creador del proyecto Vieja Tierra, ha vuelto a poner el foco sobre el patrimonio rural abandonado a través de la exploración y contextualización histórica del conocido como Cortijo de Peñarresbala, también identificado como Hacienda del Marqués de Siete Iglesias, un enclave hoy en estado de ruina que resume buena parte de la organización social, económica y simbólica del campo del sur peninsular.
En uno de sus últimos trabajos de divulgación, Montoya se adentra en este cortijo para explicar qué significaron estas explotaciones agroganaderas autogestionadas, auténticos microcosmos del poder rural. Lejos de ser simples casas de campo, los cortijos articulaban una compleja jerarquía social en torno a la figura del propietario —el señorito—, que solía residir allí de forma esporádica, delegando la gestión cotidiana en el mayoral, los capataces y el guardés. La base del sistema la sostenían los gañanes y jornaleros, alojados en dependencias colectivas y sometidos a duras condiciones de vida.
Desde el punto de vista arquitectónico y productivo, el cortijo reunía todos los elementos necesarios para una explotación autosuficiente: casa señorial, gañanía, cuadras y caballerizas, porqueras, corrales, pajares, palomares —apreciados tanto por la carne de pichón como por el valor fertilizante de sus excrementos—, además de huertas, eras de trilla, pozos, albercas, bodegas y, en algunos casos, almazaras o capillas. En el caso concreto de Peñarresbala, Montoya destaca elementos singulares como las baldosas hidráulicas firmadas por José María Tejera (Sevilla, 1904-1926) y la monumentalidad de sus bóvedas.
A falta de documentación escrita concluyente sobre su fecha exacta de construcción, el divulgador ha recurrido al análisis de cartografía histórica del Instituto Geográfico Nacional, constatando que el cortijo ya aparece edificado en las minutas de 1910. Sin embargo, en el vuelo americano Serie B de 1956 ya se aprecia su abandono, un deterioro que se confirma en sucesivas series cartográficas —Interministerial (1973-1986), Nacional (1981-1986), SIGPAC (1997-2003) y ortofotos actuales— hasta llegar al avanzado estado de ruina actual.
Para Montoya, estos espacios deben entenderse como “centros de poder rural”, vertebrados sobre una estructura casi feudal que explica, en buena medida, la emigración masiva del campo a la ciudad en busca de condiciones de vida más dignas. “Es una pena que este tipo de patrimonio etnográfico, que habla tanto de cómo vivíamos y nos organizábamos, se abandone de esta manera”, señala, al tiempo que lanza un llamamiento a la protección y conservación de estos enclaves.
Esta labor se inscribe en la trayectoria de Ernesto López Montoya, natural de Los Santos de Maimona, formado en Escultura en Sevilla y en Diseño Gráfico en Granada, que regresó a Extremadura tras la pandemia para volcarse en la divulgación científica vinculada a la arqueología, la historia y la naturaleza. A través de Vieja Tierra, se ha convertido en un referente en redes sociales por su forma rigurosa y emocional de contar el patrimonio, colaborando con proyectos como el yacimiento de Casas del Turuñuelo, en Guareña, o con la asociación AMUS, dedicada a la recuperación de fauna salvaje.
No es la primera vez que su trabajo se detiene en enclaves del entorno de Ribera del Fresno. Ya el pasado 13 de febrero realizó la Ruta al Poblado de Hornachuelos, acompañado por las cámaras de Canal Extremadura, donde explicó el pasado romano del asentamiento y puso en valor su arquitectura señorial y su paisaje.
Con iniciativas como esta visita al Cortijo de Peñarresbala, Montoya insiste en la necesidad de mirar al pasado rural no desde la nostalgia, sino desde el conocimiento crítico, como una herramienta para comprender las raíces sociales de Extremadura y evitar que una parte esencial de su memoria colectiva desaparezca definitivamente bajo el abandono y el olvido.

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