Hay lugares que permanecen intactos en la memoria aunque el tiempo haya transformado sus paredes. Basta volver a recorrer sus escalones para que regresen los sonidos, los olores y los recuerdos de una infancia que marcó toda una vida. Eso fue precisamente lo que ocurrió en la mañana del pasado domingo, cuando Manuel Pozo Báez volvió a ascender, seis décadas después, las estrechas escaleras de la Parroquia de Nuestra Señora de Gracia y del Santísimo Cristo de las Misericordias de Ribera del Fresno.
No lo hizo por nostalgia únicamente. Tampoco por simple curiosidad. Subió acompañado por su hija Sonia, su yerno Sergio y sus nietos Lucía y Rubén para enseñarles el lugar donde transcurrieron algunos de los años más felices de su infancia, cuando, entre 1955 y 1966, ejerció como monaguillo durante once años al servicio de la parroquia.
Cada peldaño despertaba un recuerdo. Cada campana escondía una historia.
Un niño de cinco años llamado por la Iglesia
Manuel Pozo Báez nació en Ribera del Fresno el 22 de junio de 1950, hijo de José Pozo Calvo y María Báez Barroso, matrimonio celebrado en la propia iglesia parroquial el 18 de octubre de 1931 por el entonces párroco don Ventura Gallego Redondo.
Siguiendo la tradición familiar, heredó el oficio de monaguillo de sus hermanos mayores, Frasco y Luis, incorporándose cuando apenas contaba cinco años.
“Entró primero mi hermano Frasco, luego Luis y después entré yo. Era el sacristán o el cura quien te buscaba. Estuve desde los cinco hasta los dieciséis años. A esa edad ya había que buscarse un trabajo.”
Aquella decisión marcaría una etapa que todavía hoy recuerda con una mezcla de emoción y orgullo.
Mucho más que ayudar en misa
En los años cincuenta y sesenta, ser monaguillo significaba mucho más que asistir al sacerdote durante las celebraciones litúrgicas.
Los niños prácticamente vivían alrededor de la sacristía y desempeñaban tareas esenciales para el funcionamiento cotidiano del templo.
Ayudaban al sacristán, preparaban el altar, encendían los ciriales, acompañaban entierros con la cruz procesional, buscaban las formas y el vino para la Eucaristía, recogían las brasas para el incensario y, sobre todo, se convertían en auténticos campaneros.
Aquellas torres, hoy silenciosas la mayor parte del tiempo, constituían entonces el gran sistema de comunicación del pueblo.
El lenguaje de las campanas
Manuel conserva intacto el complejo código sonoro que aprendió siendo apenas un niño.
“Cuando se moría alguien se le llamaba la señal. Si era un hombre se daban tres toques; cuando era una mujer, dos. Si fallecía un niño se hacía un repique distinto.”
Cada sonido tenía un significado perfectamente reconocible para toda la población.
Las campanas anunciaban el Ángelus, las misas mayores, las vísperas, las ánimas, los funerales o las grandes festividades religiosas.
Pero también alertaban de las emergencias.
“Cuando había un incendio se tocaba a rebato. Era un sonido desesperado, rápido, caótico, para que todo el pueblo supiera que había peligro.”
Las grandes campanas permitían que el aviso llegara incluso hasta quienes trabajaban en el campo.
Escaleras, velas y oscuridad
Hoy el acceso al campanario y evocando aquellos años, sin iluminación eléctrica, aquellos niños subían completamente a oscuras.
“No había linternas. Subíamos con una vela en la mano.”
La imagen resulta difícil de imaginar.
Escaleras empinadas, estrechas, interminables, recorridas una y otra vez durante el día para cumplir con los distintos toques que marcaban el ritmo cotidiano del pueblo.
Antonio Salguero Araya, también antiguo monaguillo, rememora aquellos años junto a Manuel.
“¿Te acuerdas cuando teníamos que venir a las doce, luego a vísperas y otra vez a las dos? Había que recoger la llave en casa del sacristán porque la dejaba colgada detrás de la puerta. Como llegábamos tarde porque no teníamos reloj, luego nos reñían.”
Aquellas escenas dibujan una infancia muy distinta a la actual.
El sacristán, la organista y los personajes de una época
Los recuerdos de Manuel están poblados de nombres propios que forman parte de la memoria colectiva ribereña.
Habla con especial cariño del histórico sacristán Juan José Crespo Ventura, personaje imprescindible durante décadas en la vida parroquial.
“Le decíamos de niños ‘Juan José Crespo Ventura, sacristán y cura’, porque vivía en la calle Cura.”
También recuerda a doña Paca, organista de la parroquia; a los párrocos don Ángel Zoído Gil, don Juan Santana, don José Martín, don Manuel Tirado y don Federico Riballo, así como al hermano del sacristán, residente en la calle Meléndez Valdés.
Cada uno de ellos dejó una huella en aquellos muchachos que crecían prácticamente entre los muros del templo.
Aventuras imposibles
La conversación avanza y las anécdotas aparecen una tras otra.
Manuel reconoce, entre sonrisas, que entonces el miedo apenas existía.
Subían por las torres, cruzaban tejados y hasta pasaban de un campanario a otro manteniendo el equilibrio.
“Había un cable que unía las dos torres para mover una campana y nosotros pasábamos por allí. Hoy no sería capaz.”
También bajaban hasta el coro utilizando el recorrido de las pesas del reloj, sin necesidad de regresar por la escalera principal.
Una temeridad que hoy resultaría impensable.
“Éramos unos niños que nada temíamos.”
Los pequeños sustos de la infancia
No todos los recuerdos son alegres.
Uno de ellos permanece especialmente grabado.
“Había un chico con una careta escondido en la subida de la escalera. Me dio un susto tan grande que estuve dos meses sin poder hablar.”
También recuerda haber dejado encerrada accidentalmente a la Señorita Inés Martínez dentro de la iglesia.
“Sin darme cuenta cerré la puerta y luego alguien me dijo que había una mujer dentro.”
Las risas volvieron a llenar el campanario mientras reconstruían escenas ocurridas más de medio siglo atrás.
La maquinaria del reloj
La visita permitió también contemplar el histórico mecanismo del reloj de la Ermita del Stmo. Cristo de las Misericordias, actualmente automatizado.
Allí apareció otro protagonista de la memoria local, Juan Castrejón, heredero de una tradición familiar vinculada al mantenimiento del reloj.
“Mi padre estuvo más de catorce años subiendo todas las semanas para darle cuerda. Yo continué durante veinte años. Ahora ya funciona automáticamente.”
Manuel observaba con emoción el cajón por donde descendían antiguamente las pesas y recordaba perfectamente cada rincón.
Incluso identificó la campana conocida popularmente entre los monaguillos como “la cascá” y los antiguos fuelles del órgano.
La parroquia como escuela de vida
Durante décadas, la Parroquia de Nuestra Señora de Gracia, -situada en la Calle Iglesia número 2, y original del Siglo XIV, ampliada en el Siglo XV y reedificada sucesivamente en 1745 y 1859- y la devoción al Santísimo Cristo de las Misericordias, constituyó también un espacio educativo, de convivencia y de transmisión de valores para varias generaciones de ribereños.
En torno a ella crecieron centenares de niños que aprendieron disciplina, responsabilidad, compromiso y servicio.
Aquellas vivencias forman hoy parte del patrimonio inmaterial del municipio, tan valioso como el propio edificio.
Un legado que merece ser contado
Antes de abandonar el campanario, Manuel contempló por última vez las campanas que marcaron su infancia.
Ya no sube con la agilidad de aquel niño de cinco años ni cruza tejados con la despreocupación de entonces, pero conserva intacta la memoria de aquellos días.
“He venido porque me gusta recordar. Quería enseñárselo a mis nietos antes de irme.”
Su testimonio trasciende la experiencia personal para convertirse en un valioso ejercicio de memoria colectiva. A través de sus palabras reaparece una Ribera del Fresno donde las campanas organizaban la vida cotidiana, donde los monaguillos eran los ojos y las manos del sacristán y donde subir a la torre con una vela encendida formaba parte de la rutina de unos niños que, sin saberlo, estaban escribiendo una pequeña pero importante página de la historia local.
Porque, en ocasiones, el patrimonio más valioso no se encuentra únicamente en las piedras centenarias de un templo, sino en la memoria de quienes aún son capaces de devolverles la voz.
Juan Francisco Llano Báez