El montaje, nacido de una actividad de la biblioteca y dirigido por Ana Haro Moya, reunió a participantes de entre 3 y 15 años y puso el broche a un ciclo iniciado con El Mago de Oz, al que siguieron Peter Pan y Aladdin
Cuando se apagaron las luces y terminó la última canción de Grease, sobre el escenario quedaron mucho más que los recuerdos de una función de teatro. Quedaron dos meses de ensayos, nervios, bailes, canciones, carreras, risas, algún enfado y, sobre todo, la experiencia compartida de 33 niños y niñas de Puebla del Prior que durante semanas trabajaron juntos para convertir un proyecto surgido en la biblioteca municipal en una representación teatral capaz de llenar por completo el nuevo espacio cultural y teatral de la localidad.
La función, celebrada el pasado viernes, reunió a participantes de entre 3 y 15 años y recibió el respaldo de un público que llenó el recinto de la calle Felipe Cruz. El resultado fue una noche que su responsable, la bibliotecaria y dinamizadora cultural Ana Haro Moya, resume con una frase que condensa buena parte del espíritu del proyecto: «Y sí… lo conseguimos».
No era, en realidad, una compañía teatral al uso. Los niños tampoco pertenecen a un grupo de teatro formal. La historia comenzó hace varios años como una actividad vinculada a la biblioteca, con una representación de El Mago de Oz. Aquella primera experiencia fue creciendo hasta convertirse, casi sin que sus responsables lo hubieran previsto, en una pequeña tradición escénica de Puebla del Prior.
Después llegaron Peter Pan, Aladdin y ahora Grease.
Lo que empezó con niños de apenas 3 a 7 años ha terminado convirtiéndose en un proyecto en el que aquellos pequeños espectadores y participantes iniciales son hoy adolescentes. «Se nos fue de las manos», reconoce Ana Haro con humor al recordar el recorrido.
De la biblioteca al escenario
La conexión entre biblioteca, lectura y artes escénicas ha sido una de las claves de este itinerario. La actividad cultural de Puebla del Prior ha encontrado en la biblioteca un espacio no solo para acercar los libros a los más pequeños, sino también para generar experiencias colectivas alrededor de la creación.
En marzo de este mismo año, la Casa de la Cultura acogió la presentación de Cartografía del deseo, de Laura Bastet Kali, en un encuentro conducido por Ana Haro Moya. La actividad se planteó como un espacio de diálogo entre autora y público y se integró en la programación cultural de la localidad.
La experiencia teatral ha seguido una lógica similar: partir de una actividad aparentemente sencilla y convertirla en una experiencia comunitaria.
El montaje de Aladdin, por ejemplo, reunió en diciembre de 2024 a una treintena de niños de entre 3 y 13 años y supuso la tercera producción del grupo infantil aficionado. Aquella representación ya combinaba interpretación y baile y contó con participantes de Puebla del Prior, Hornachos y Ribera del Fresno.
Ahora, con Grease, el proyecto ha alcanzado una nueva dimensión.
Dos meses para aprender algo más que un guion
Detrás de la representación hubo dos meses de preparación. Durante ese tiempo, los 33 participantes tuvieron que aprender textos, canciones y coreografías, pero también algo menos visible desde el patio de butacas: trabajar como equipo.
«Hemos aprendido mucho durante estos meses, pero quizá lo más bonito no haya sido aprender un texto, una coreografía o una canción», explica Ana Haro. Para la responsable de la iniciativa, el verdadero aprendizaje estuvo en «trabajar juntos, tener paciencia, ayudarnos, confiar unos en otros» y comprobar que un grupo de niños puede sacar adelante un proyecto común.
Los ensayos estuvieron acompañados, como suele ocurrir en cualquier proceso creativo colectivo, de momentos de entusiasmo y también de dudas. Hubo nervios, carreras, risas y pequeños desencuentros. Incluso momentos en los que surgió la pregunta de si serían capaces de llegar preparados al estreno.
La respuesta llegó cuando se encendieron las luces.
El escenario se llenó de vida y el público respondió con aplausos, convirtiendo el estreno en una noche especialmente significativa para quienes habían participado en el proyecto.
Un teatro que hizo todo un pueblo
La representación tampoco fue únicamente obra de quienes aparecieron ante el público.
Ana Haro quiso reconocer expresamente el trabajo de las numerosas personas que hicieron posible el montaje desde detrás del escenario. Entre ellas, Irene Macías, Verónica Martos, María José Delgado y Mario Elías, que colaboraron en los preparativos; Lola Pañuelo Franco, Carmen Franco, Fernandi Martos, Mari Carmen Durán, Felisa Cano y Yolanda Berrio, responsables de diferentes tareas relacionadas con el vestuario, los cambios y el cuidado de los niños; Aleja Rodríguez, junto a los técnicos Manolo Barros y Abel, en sonido e iluminación; Chemi y Alicia Rincones, implicados en el telón y la escenografía; Luis Carrasco, encargado de recoger fotográficamente los momentos de la función; Fermi Merino, con sus grabaciones en vídeo; y Quica Martos, al frente de la taquilla.
También tuvieron un papel fundamental las familias.
Las madres de los pequeños artistas colaboraron especialmente en la preparación del vestuario, una parte esencial para conseguir la imagen escénica que requería el musical. A ello se sumó el apoyo del Ayuntamiento de Puebla del Prior, que puso a disposición del proyecto los recursos necesarios para llevar adelante la representación.
El resultado llevó a Ana Haro a formular una reflexión que trasciende la función: «Porque un teatro nunca lo hacen solamente quienes aparecen sobre el escenario. Lo hace todo un pueblo».
Y eso fue precisamente lo que ocurrió en Puebla del Prior.
«A mis 33 niños solo puedo deciros: gracias»
Con la representación ya concluida, Ana Haro ha querido dedicar unas palabras especiales a los protagonistas de esta historia.
A sus 33 niños les agradece la ilusión, las ganas, los ensayos, las risas y también los pequeños disgustos que terminaron convirtiéndose en oportunidades para continuar avanzando.
«Estoy tremendamente orgullosa de vosotros», señala.
Su deseo es que, cuando pase el tiempo, aquellos niños y adolescentes puedan volver a mirar las fotografías de Grease y recordar el verano en el que formaron un equipo, aprendieron juntos y consiguieron llenar un escenario de vida.
Las imágenes cedidas por Luis Carrasco quedarán precisamente como testimonio de aquella noche.
Porque una representación teatral dura unas horas, pero los recuerdos pueden permanecer durante décadas.
El final de una etapa
La función tiene además un significado especial para Ana Haro. Después de acompañar este proyecto desde sus comienzos, reconoce que ha llegado el momento de retirarse de la dirección teatral «con mucha pena pero mucha felicidad».
Su decisión supone el cierre de un ciclo iniciado con aquellos niños que apenas tenían edad para subir a un escenario y que ahora, convertidos en adolescentes, han protagonizado Grease.
No es, por tanto, únicamente el final de una representación. Es el final de una etapa construida alrededor de la biblioteca, la cultura y la participación infantil.
El lema elegido para la función —«Siempre estaremos juntos», tomado del célebre We Go Together de Grease— adquiere así un significado especial.
Porque quizá eso sea lo que permanezca cuando se apaguen definitivamente las luces del escenario: el recuerdo de haber formado parte de algo juntos.
«Y después de que se apaguen las luces… quedan los recuerdos», resume Ana Haro.
Puebla del Prior ya tiene el suyo.
Texto: Juan Francisco Llano
Fotos: Luis Carrasco

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