La imagen de Extremadura como un “secarral”, donde la sinfonía de las chicharras pareciera poner banda sonora a la película de una tierra seca y árida, dominada por el amarillo del pasto seco, está en el imaginario colectivo como símbolo de nuestra tierra. Es verdad que, fuera de nuestra región, cuando se menciona Extremadura suele venir a la cabeza una imagen muy concreta: grandes llanuras castigadas por el sol del verano, encinas antiguas que dan cobijo a rebaños y una tierra que parece esperar siempre la lluvia.

Basta pensar en alguien que llegue a la región con todos esos tópicos en la cabeza y se encuentre, de pronto, con una gran lámina de agua donde esperaba un paisaje seco. Esa sorpresa resume bastante bien lo que ocurre en buena parte de nuestras comarcas. Quizá el cerro de Masatrigo, al que muchos consideran la rotonda más grande y hermosa de Europa y que se alza rodeado por el embalse de La Serena, simbolice mejor que ningún otro lugar esta forma de mirar el territorio. Allí, en un rincón durante años poco conocido para muchos, el agua y el paisaje se combinan de una manera tan singular que cuesta no pensar en el enorme potencial de una zona que, con demasiada frecuencia, ha pasado desapercibida incluso para quienes viven cerca.

UCE considera esencial ofrecer información útil y veraz al consumidor. Lejos de la sal y las aglomeraciones de nuestros mares, Extremadura reúne más de 1.500 kilómetros de costa de agua dulce. Para entender la magnitud de la cifra, basta compararla con la longitud del litoral de varias comunidades autónomas con salida directa al Cantábrico o al Mediterráneo.

En este vasto archipiélago continental, las playas de embalse han germinado como refugios de frescor y esparcimiento, transformando por completo el concepto del verano extremeño. Ya no es necesario emprender largos éxodos hacia la periferia peninsular para hundir los pies en la arena, buscar la sombra de una sombrilla o disfrutar de un baño seguro en playas que hoy lucen con orgullo la codiciada Bandera Azul, desde la pionera Costa Dulce de Orellana hasta los idílicos arenales de Cheles, Alange o Campanario, entre otros.

Hace ahora un año, UCE publicó un informe sobre las piscinas naturales como refugio ante las altas temperaturas. En aquella ocasión, recorrieron el norte de Cáceres, pues la inmensa mayoría de ellas jalonan las sierras de Gata y Hurdes, los valles del Ambroz, del Jerte o de la Vera. Esta vez, el viaje es diferente, pues casi todas las playas de embalses se encuentran en la provincia de Badajoz, al amparo de los grandes pantanos que hacen brillar su suelo. Este año, además, el escenario es aún más espectacular si cabe. Tras las abundantes lluvias, los pantanos se encuentran completamente llenos, ofreciendo una estampa inmejorable, hasta el punto de que el agua ha llegado a cubrir los merenderos y la zona de toldos en Puerto Peña.

Alqueva, La Serena, García-Sola, Zújar, Guadiana y la rivera de Usagre han sido sus destinos, y lo primero que han querido hacer es llegar hasta las playas que se reparten por sus orillas. La mayoría de estos espacios están muy cerca de los municipios a los que pertenecen. Por ejemplo, las playas de Alange o Peloche se funden con las casas de los pueblos que les dan nombre, permitiendo a los vecinos incluso llegar caminando, y a los visitantes encontrar una buena oferta hostelera para completar una estancia perfecta. Sin embargo, no todas son así. Por ejemplo, desde Cheles hasta la playa La Dehesa hay varios kilómetros de una pista que, aunque recientemente arreglada, presenta un firme desigual; la de Cancho del Fresno, cerca de Cañamero, obliga a rodear gran parte del pantano que le da nombre por un camino que puede poner en apuros a visitantes poco informados. En estos casos, sería deseable un mejor mantenimiento de los accesos.

Lo que sí parece que mejora con respecto a anteriores informes similares es la señalización, pues en Proserpina (Mérida), Entrerríos (Villanueva de la Serena) y Costalegre (Campanario) no tienen claro cómo llegar desde la carretera. Sin duda, algo que mejorar.

Una vez en el destino, el visitante descubrirá que la comodidad está garantizada. Casi todas estas playas están acondicionadas con zonas de césped o de arena (alguna hay también de hormigón o cemento, más duradero pero mucho menos cómodo), perfectas para extender la toalla frente al agua; sin excepción, encontraremos merenderos estupendos para disfrutar de una comida al aire libre; y si preferimos que nos sirvan, la oferta no se queda atrás, pues en muchas de ellas hay chiringuitos o bares, contando incluso algunas con más de un establecimiento para elegir dónde calmar la sed o el apetito.

Por otro lado, la gran mayoría está provista de aseos públicos, aunque algunas se limitan a los existentes en los chiringuitos. Sin embargo, a UCE le ha llamado la atención que, estando a mediados de junio y con casi 40 grados de temperatura, es decir, con potencial asistencia de bañistas, varias playas tenían los aseos cerrados. Entienden que la seguridad de los servicios debe primar, pero impedir que los visitantes usen los aseos en un momento en el que van a acudir a las playas solo los empuja a usar otros lugares mucho menos recomendables.

Otro aspecto destacable es que en todos los casos están provistas de zonas de sombra, sea natural o dispuesta por los responsables de su mantenimiento. En el momento de la visita, 15 y 16 de junio, aún había algunas en las que las sombrillas o los toldos no habían sido instaladas, pero la mayoría cuenta con zonas arboladas que proporcionan un descanso a quienes no quieren exponerse a los dañinos rayos del sol. Especial atención merece la playa-piscina Huerta Honda, en Usagre, situada en una arboleda fantástica con más sombra que sol.

En cuanto a la limpieza de los entornos, destacan que la inmensa mayoría de ellos están impecables, y cabe subrayar que en todas las zonas de baño hay papeleras y contenedores suficientes para arrojar nuestros residuos. Sin embargo, hay alguna excepción muy reseñable. Por ejemplo, en Cancho del Fresno, y quizá por su lejanía a cualquier población, han encontrado basura acumulada en las papeleras y unos aseos portátiles cuyo mantenimiento y limpieza dejaban mucho que desear. En ese sentido, creen justo repartir responsabilidades, pues a unos metros de esas papeleras, de camino al aparcamiento, se encuentran varios contenedores prácticamente vacíos.

Como contrapunto sumamente positivo en este ámbito, en la playa de Peloche te ofrecen ceniceros para evitar ensuciar el entorno, recordando de forma muy oportuna que las colillas son, precisamente, el principal residuo encontrado en las campañas de concienciación de “1m2 por las playas y los mares” impulsadas por el Proyecto Libera, coordinado por Ecoembes.

El resto de los espacios visitados presenta un aspecto impecable, con algunas cuestiones menores que serán revisadas antes de empezar la temporada alta, normalmente a partir del 21 de junio. Por ejemplo, en la playa Isla del Zújar (Castuera), la rampa prevista para que las personas que necesitan silla de ruedas para acceder al agua tenía obstáculos como piedras, ramas y demás que deben desaparecer cuando la zona esté a pleno rendimiento.

Es importante, además, hacer un inciso sobre la normativa de estos recintos: en ninguna de estas playas dejan entrar a mascotas. Esta prohibición generalizada se aplica de forma estricta haciendo referencia, entre otras normativas de salud pública, a la actual Ley de Bienestar Animal que, aunque promueve el acceso de las mascotas a playas, parques y otros espacios públicos, deja en manos de los ayuntamientos la última palabra sobre el acceso efectivo de los animales, en este caso, a las playas fluviales. En las visitadas, todos han optado por prohibirlo.

El esfuerzo por hacer la inmensa mayoría de las playas accesibles a quienes tienen movilidad reducida es uno de los aspectos que más nos ha llamado la atención. A pesar de encontrarnos en lugares agrestes y absolutamente naturales, con lo que ello podría complicar su acceso a este colectivo, es muy relevante el esfuerzo realizado para que todos puedan disfrutar de una playa en Extremadura. No solo se han colocado rampas en aquellos lugares en los que ha sido posible, sino que se dispone de esterillas o pasarelas hasta el agua, de aparcamientos reservados y hasta de columpios especiales para que todos puedan aprovechar las bondades de estos espacios. Mención especial merecen las duchas con asiento, que no existen en la mayoría de las playas de mar más conocidas. Nadie va a quedarse, por tanto, fuera de las playas extremeñas.

También los más pequeños son, por supuesto, bienvenidos y tenidos en cuenta, con amplias y frecuentes zonas de juegos infantiles, alquiler de canoas e hidropedales y, en algún caso, hasta rocódromo, mesa de ping-pong e incluso tirolina. Si nuestros hijos se cansan de arena y agua, tenemos oferta más que suficiente para alargar el día hasta que nos cansemos… o nos cansen ellos.

Por otro lado, en la inmensa mayoría de las playas visitadas se ofrece una amplia variedad de actividades acuáticas. Desde el ya mencionado alquiler de canoas e hidropedales hasta motos acuáticas o padel-surf, nadie se podrá quejar de que en nuestras playas hay “poco que hacer” más que tomar el sol y darse un baño.

En definitiva, este recorrido por los “mares de interior” deja una idea bastante clara: conviene revisar la forma en que entendemos las vacaciones de verano. Frente al ritmo acelerado de muchas playas del Mediterráneo o del Cantábrico, Extremadura plantea una alternativa distinta. Sus más de 1.500 kilómetros de costa dulce no son solo una singularidad geográfica; son también una opción real para quienes buscan descansar con más calma y menos presión. Las playas de embalse extremeñas se presentan, hoy más que nunca, como una respuesta convincente frente a la masificación del litoral tradicional. En sus orillas no encontramos grandes aglomeraciones, ni atascos interminables, ni la sensación de tener que disputar cada metro de arena. Lo que predomina aquí es el espacio, la amplitud del paisaje y una tranquilidad que cuesta cada vez más encontrar en otros destinos turísticos del verano.

Como UCE ha comprobado en este informe, optar por el interior no significa renunciar a la comodidad ni a los servicios. Más bien al contrario. Las playas extremeñas demuestran que Extremadura puede competir con solvencia en el turismo estival y ofrecer ventajas claras frente a muchos destinos costeros. El visitante encuentra espacios amplios de césped y arena, abundante sombra natural y servicios bien resueltos, desde chiringuitos a pie de agua hasta medidas de accesibilidad como duchas con asiento o pasarelas adaptadas, todavía poco frecuentes en muchas playas marítimas muy conocidas.

Todo este esfuerzo cuenta con el reconocimiento internacional, reflejado en el orgullo de ondear Banderas Azules que certifican la excelencia de sus aguas, lo que permite una conexión natural única en un ecosistema donde el respeto por el medio ambiente y la observación de aves sustituyen al cemento y los rascacielos costeros.

Las playas fluviales y de embalses de Extremadura hace tiempo que dejaron de ser una opción secundaria para quienes no viajan a la costa. Hoy se consolidan como un destino con identidad propia, atractivo para quienes buscan calidad, descanso y contacto directo con la naturaleza. Quizá haya llegado el momento de dejar atrás, de una vez, esa imagen simplificada de una Extremadura seca y uniforme. Este recorrido muestra que el verano aquí también puede vivirse junto al agua, bajo la sombra de una encina y en espacios que ofrecen calma, servicios y paisaje. Tal y como señala UCE, no siempre hace falta ir al mar para encontrar un buen refugio estival; a veces basta con mirar mejor lo que tenemos cerca.