Este año 2020 es un año singular. Un año que ha hecho que el ritmo del mundo cambie, quien sabe si para siempre.

La mayor parte de los seis primeros meses hemos vivido azotados por una pandemia que nos ha mantenido encerrados, manteniendo distancia de todos y dejando un rastro de muerte y secuelas sociales y económicas devastadoras. Todo se cerró. El negocio, la cultura, la educación. El mundo entero paró.

Todos tomamos conciencia y creímos haber aprendido la lección. Hicimos propósito de enmienda y pensamos que todo iría mejor.

Sin embargo, llegó el verano, con él todo se relajó. Las distancias se olvidaron como se olvidó la muerte y el dolor. Mucha gente se fue de vacaciones, dejando a un lado la pandemia, la responsabilidad, todo lo que en aquellos días se quebró.

Pero septiembre ha llegado trayendo consigo una vuelta a una nueva normalidad frágil, incapaz de pisar en firme. La pandemia vuelve a plantarnos cara a sabiendas que, aunque ya la conocemos, somos lo suficientemente irresponsables como para poder volver a jugar con nosotros. Tampoco queda claro la puesta en marcha valores tan básicos como la educación o cómo se debe afrontar esta temporada a nivel económico, social y laboral.

Este año que nacía bonito siendo un punto de partida, una nueva década llena de oportunidades e ilusión me muestra su doble cara. La cara de la solidaridad y el valor de los que luchan, de los mayores que se cuidan y nos cuidan. De los que, aun teniendo miedo, siguen las normas y miran hacia delante. La cruz de los irresponsables que anhelando un futuro mejor no quieren dejar ni las fiestas ni el botellón.

Sonia Bote